Hace unos meses, en pleno invierno español, escribí un artículo llamado amantes del sol. Lo necesitaba tanto, tantísimo, que solo pensaba en él, en lo maravilloso que es sentir esa sensación de bienestar que produce la caricia de un rayo de sol después de semanas y semanas de temperaturas bajísimas, cielos grises y noches gélidas. Me declaré amante del sol públicamente.

Un amigo, excelente profesor y compañero de Intercultura Language School, y originario del país tropical que más amo del mundo me dijo que le había gustado el artículo pero que él siempre se había considerado, más que amante del sol, un “ buscador de sombras”  y lo entendí inmediatamente, pues yo también sé lo que es vivir trescientos días al año bajo un sol, cuando menos, abrasador.

No es que me vaya a retractar, porque yo amo el sol, tanto que si tuviera otra hija la llamaría así, Sol, sin más; que además va muy bien con el nombre de mi única hija, África,  que significa “ sin frío”. Pero, lo cierto es que, el comentario de Byron me hizo reflexionar y, además, me llevó a una frase hecha que mi madre suele usar para definir mi especial relación con el clima o, incluso,  para indirectamente mencionar un rasgo de mi personalidad inconformista. Ella me dice, “ hija mía, no sirves ni para el sol ni para la sombra”.  Si, lo sé, suena un tanto brusca, pero es que mi madre es muy expresiva y además no se anda con rodeos. Así que, cuando me quejo del frío me lo dice y cuando lo hago del calor, también.

Después de escucharla toda la vida, hace tiempo me convencí de que, efectivamente, ella tenía razón…. y es que puedo pasar del calor al frío en cuestión de segundos, sin poder evitarlo. Sin embargo, hay una gran diferencia en la sensación que me producen, y es que el frío no solo no me gusta, es que además tiene mucho que ver con un sentimiento asociado de tristeza y fatalismo que me produce malestar general. Lo incómodo del calor se queda en lo físico, y por ende, aunque me queje de ambos, solo el primero me afecta realmente.

Ahora que llega el buen tiempo y el astro rey calienta con fuerza, me voy a casa por la acera de la sombra, si me paro a dialogar con alguien en la calle, lo arrastro hacia donde no da el sol y elijo el lado sombrío de la mesa para comer afuera y, en definitiva, hago como mi amigo, busco sombras;  sombras divinas en las que sestear, leer, divagar, soñar…

Hace pocos días y, sin venir a cuento de nada, mi hijita del alma con su sabiduría y su lógica aplastante de 5 años, me reveló la verdad sobre mi caso diciéndome “ Mami, tu es que eres de calor y de sombra” …. y, en ese instante, sentí un alivio tremendo, una liberación de sí servir, de sí tener una temperatura perfecta en la que sentirme totalmente a gusto, sin quejas, sin pegas y a la que asocio sentimientos de felicidad, tranquilidad y plenitud.

Tal vez por eso, ante la perspectiva de volver al eterno clima cálido y salir a los recreos con mi compita Byron a sentarnos bajo la sombra de una palmera, frente al Pacífico que baña la soleada Playa de Sámara, me siento radiante, siento pura vida y me encanta saberme de la tribu de los de calor y sombra.

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