Mamá, mama, mamma, mom, mutter… posiblemente una de las palabras más universales que existen, posiblemente porque hace referencia a un concepto casi universal. La madre, la que nos lleva dentro de sí el tiempo necesario hasta estar listos, la que nos mece, nos da su calor, su alimento, su sabiduría, su vida entera. 

Mamá, la primera palabra que sale de la boca de un bebé, el primer concepto que se forma en la mente de un recién llegado al mundo. Mamá es todo, porque madre e hijo están unidos por un cordón que nunca se llega a cortar. No hay límites, no conoce fronteras, no sabe de batallas ni de peleas, no tiene edad ni fecha de caducidad, la madre siempre lleva a su hijo dentro, en sus entrañas.

Hay quien dice que si no eres madre no puedes saber lo que se siente cuando tienes hijos. Claro, la frase es casi “ de cajón”, no se puede saber por la experiencia cómo son las cosas que no te han pasado. No se puede saber eso, como tampoco puedo saber lo que es vivir en otro país si nunca lo has hecho, ni cómo se siente una siendo alta, rubia y delgada si eres bajita, morena y gordita… obvio… Pero, si eres hijo, es porque tienes una madre y, entonces, si puedes saber lo que es sentirte cuidado, amado, mimado, a salvo. 

No quiero, con este escrito, negar la conflictiva relación que, inevitablemente, también se da entre las madres y los hijos, tal vez, incluso más en el caso de las hijas. Llegada determinada edad, parece que hay una rebeldía interna que te lleva a alejarte de ellas, a verlas casi como estorbos en tu camino ( hasta que te pasa algo malo y te das cuenta de que otra vez te ha salvado el….ya sabes). Pero visto desde mi perspectiva actual y habiéndolo conversado con muchas de mi amigas, creo que es algo normal, incluso necesario para definirte, para crecer como persona independiente y, en realidad, casi siempre se supera esa fase, por parte de los hijos, quiero decir. Pobres madres, lo que tienen que aguantar de los adolescentes en pleno pavo.

Algunos niños crecen sin madre, por muchas y diferentes razones, pero tienen igualmente ese concepto representado en una persona que lleva otra etiqueta social: una tía, abuela, un padre, un hermano mayor ( siéntanse libres de cambiar el genero de femenino a masculino y viceversa en todas estas denominaciones, son solo ejemplos), pero todas estas personas de adultas siempre dicen algo como: “ Mi abuela fue una madre para mí”, es decir, recurren a ese concepto universal del amor incondicional y sincero que es la madre.

Hay un libro-cuento que leí hace años que se llama The giving tree de Shel Silverstein. Nunca he sabido muy bien como podría traducirlo al español de manera que sonara bien porque lo más similar sería decir “ El árbol que da” pero árbol es una palabra masculina en español y, sin embargo, en el libro, el árbol representa claramente la figura de una madre; y giving como adjetivo sería “dador”…. El caso, que así se llama y cuenta la historia de un niño y un árbol que tienen una relación muy especial, juegan y pasan tiempo juntos, se aman y el árbol es feliz. El tiempo pasa y el niño crece, ya no quiere jugar tanto y pasa menos tiempo con el árbol, pero el árbol se siente feliz siempre que el muchacho va a tumbarse bajo su sombra. Con el tiempo, el niño hecho hombre, solo acude al árbol para pedirle cosas, sus hojas, sus frutos, sus ramas, su tronco. El árbol se lo da todo y mientras se lo da vuelve a estar feliz, aún cuando queda reducido a un simple tocón. Al final, el hombre hecho viejo, no quiere nada, solo sentarse a estar tranquilo y descansar, y así el árbol le ofrece lo único que tiene que es sentarse en lo que de él queda, y el viejo se sienta y el árbol se sintió feliz, otra vez.

Y así es la historia de las madres, ellas son felices dándoselo todo a sus pequeños, aún cuando ya no les queda nada, aún cuando sus hijos ya mayores se van lejos y no las visitan. Así, como el árbol del cuento, las madres les ofrecen a sus hijos todo lo que tienen para que estos sean felices, para que cumplan sus deseos y las madres se sienten felices viendo a sus hijos felices. Y el árbol no necesita nada, nunca le pide nada de vuelta a ese niño que se vuelve un hombre caprichoso y egoísta, nunca le reclama su afecto porque el árbol solo quiere dar, y en ese dar encuentra el amor que necesita para ser feliz.

Mi madre, al igual que el árbol, siempre ha estado y sigue estando ahí para mí, para mis hermanos y mi padre. Y ha extendido sus ramas y en ellas también acuna y da su amor a mis maravillosas cuñadas Eva, Alicia y Rosa y ,con ellas, a todos los que han ido llegando y haciendo que el árbol sea más frondoso; Fernando, Guillermo, Alberto, María, Ignacio, Néstor, Ginés, África, Patxi...  y ahí está para sus hermanas y amigas que, como madres a su vez, se cuidan unas a otras y se muestran su amor. Como el árbol, mi madre tiene raíces fuertes y duras, resiste el embiste de vientos huracanados y aunque pierda alguna de sus hojas y su corteza parezca menos tersa, vuelve a erguirse y a estirarse para alcanzar con su copa ese rayo de sol que la devuelve a la vida. Y a su lado, siempre puedes cobijarte bajo la sombra cuando tienes calor, y comer de sus frutos cuando tienes hambre, y mecerte en alguna de sus ramas mientras una hoja te cosquillea la piel, y en su tronco siempre hay un lugar donde respirar y sentirte bien, sin miedo.

De entre sus ramas siempre sale un columpio, para volver a la infancia, a la risa despreocupada, al impulso vital que nos hace alejarnos de ella para después volver a su lado, una y otra vez, en el vaivén de los años. A veces lejos, a veces cerca, pero siempre dentro de ella, en su corazón, y ella siempre en el mío.

Escuché a varias personas decir que son los hijos los que escogen a los padres…Es algo raro de entender pero lo que sé es que mil vidas que tuviera, mil veces que te elegiría a ti, mamá, para que fueras la mía, mi mamá, la madre árbol que todo me da y nada me pide.

Te amo.

https://www.youtube.com/watch?v=1u0kzBl7x2E 

En este link pueden ver el libro The giving tree en español, traducido como “ El árbol generoso”.

 

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