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Se dice que los amigos son la familia que uno elige, y estoy de acuerdo, pero he estado pensando últimamente que categoría tendrían los vecinos, porque, en principio, no se eligen, pero acaban siendo, en muchos casos, amigos o incluso familia.

Los vecinos son desconocidos que se meten en tu vida cotidiana de una manera o de otra. A veces, solamente en forma de ruidos, ruidos que no siempre son fácilmente identificable (como la famosa canica que parece recorrer todo tu techo en horas intempestivas), otras veces, los vecinos se meten en tu vida en forma de miradas furtivas a través de una cortina, una mirilla o descaradamente en el descansillo para ver con quien subes o bajas (especialmente en esos adorables edificios que no disponen de esa capsula del espacio que te baja o te sube directamente a tu destino). Y, muchas otras veces, los vecinos no se meten en tu vida, sino que pasan a formar parte de ella. 

Seguramente, alguien está pensando que voy a poner a caldo a alguno de mis vecinos y no le faltaría razón, porque de buena tinta sé que muchos casos de urgencias en los hospitales llegan por desavenencias en las míticas reuniones de vecinos. Parece increíble que unas pocas personas que comparten intereses comunes importantes, a la vez que poco menos que un zaguán y una escalera, puedan llegar a estar tan en desacuerdo en todo (después de algunas reuniones de la comunidad podía entender mejor lo que ocurre en los parlamentos). Hasta existe una serie de televisión española muy popular y divertida llamada Aquí no hay quien viva, basada en las relaciones vecinales de unos cuantos tarados.

Sin embargo, mi objetivo es justamente el opuesto, yo quiero ensalzar la figura de esas personas que viven justamente a tu lado, cada día, cada noche, porque desde que tengo uso de razón, mis vecinos, han sido personas muy valiosas en mi vida.

De entre los recuerdos más lindos de mi infancia puedo rescatar ese momento inesperado en el que oía como la puerta de mi casa se había abierto y la voz de mi madre se entrelazaba con la de su amiga vecina y, entonces, sin pensarlo ni un segundo, mi hermano Luis, Laura y yo salíamos literalmente disparados al encuentro de los amigos vecinos Elena, Juanma y Cristina. A veces, íbamos tan rápido que ninguna de las madres se percataba del trasiego de niños que iban de una casa a otra, aunque solo fuera para jugar escasos minutos…el tiempo no existe cuando eres pequeño.

Ese ratito de estar en la casa de al lado, ojalá en pijama, cuando ya no esperabas nada más de tu día sino ver algo de tele e ir a dormir, se convertía en todo un elixir de felicidad, solamente interrumpido por esa voz que gritaba desde la puerta “¡A casaaa ya!”. La casa de mi amiga Elena era básicamente gemela a la mía en cuanto a estructura, distribución y todo, pero a mí me parecía un mundo completamente diferente: Me embriagaba del olor, porque uno nunca sabe a qué huele su casa o su ropa, pero si la de los otros, me fascinaban los sillones azules que formaban un semicírculo, los posters de Samantha Fox en todas las paredes de la habitación del hermano mayor, las cortinas del baño…. todo me parecía curioso, porque siendo todo tan normal como en mi casa, no era mi casa y eso ya me daba la sensación casi como de estar viajando y descubriendo otro lugar.

En el mismo descansillo teníamos otra vecina, cuyos hijos eran muchos más pequeños y no despertaban mi interés, pero ella, la madre, Nieves, para mí era mi Janis Joplin...me inspiraba, la admiraba en su forma de hablar, vestir y reír a carcajadas. Me trataba con cariño y respeto, como si yo también fuera adulta. Nunca olvidaré que mis primeras grandes lecturas, como Madame Bovary, salieron de su librería.

Más adelante tuve la maravillosa experiencia de vivir en una residencia de estudiantes, donde solo vivían chicas, y no importaba donde estuvieran las habitaciones de tus mejores amigas porque la resi era muy pequeña, así que, era el paraíso de la vecindad; todo el día con las puertas abiertas y siempre de un cuarto a otro, tomando café, fumando cigarrillos, jugando cartas y, sobre todo, riéndonos sin parar. Solo en épocas de exámenes, además de lo anterior, estudiábamos un poco.

En Oslo, experimenté un tipo de comunidad de vecinos muy diferente, la finlandesa de al lado abría solo una rendija de la puerta y con recelo, y nunca me invitó a pasar a su cuarto, mientras que en el mío pasábamos buenos ratos. Con Skjell-Olof, mi vecino noruego, tenía más confianza y nos atrevíamos a pasar, sin mucha invitación, a nuestros respectivos cuartos, pero casi siempre era en la cocina común donde nos reuníamos. Cosas de nórdicos.

Lo mejor fue al volver de Noruega porque, de pronto, me encontré con que mi compañera de piso era una amiga de la infancia y mis dos vecinas de abajo también. Una era mi actual y querida cuñada Alicia. Había tanta vida social entre esos dos apartamentos que no hacía falta ir a los bares. Para colmo de mi felicidad, mis mejores tres amigas de la resi, María, Mer y África, vivían a dos calles. Eso, en Madrid, es ser vecinos. Estaba encantada de la vida.

En mis anteriores etapas de vivir en Costa Rica he tenido de vecinos a los caseros que me alquilaban el chante (como dicen aquí) y, muy al contrario de lo que se podría pensar, no solo no tuve ninguna queja, sino que resultó hasta conveniente en muchos casos, especialmente con el primer casero, Yuba, que estaba siempre dispuesto a hacer cualquier ñapa que mejorara la choza y también a compartir una cerveza y una charla. Curiosamente, en Almagro, me ocurrió lo mismo y viví al lado de unos súper caseros, Isabel y Ángel. Dos personas de gran corazón, siempre atentos a nuestras necesidades y a darnos de todo lo que daban sus árboles y su huerta.

A ocho mil kilómetros de mi casa actual tengo una vecina venezolana que me ayuda con todo lo que necesito cuando yo no estoy allí y alquilo mi casa. Ella es la representación viva de esa idea, que muchas veces oí decir a mi madre, acerca de que los vecinos se ayudan y se apoyan. No tengo suficientes palabras para agradecerle todo lo que hace por mí, la tranquilidad que me brinda saber que cuento con ella, la confianza que, desde el minuto uno que hablé con ella, me dio. A ella, a Laura, no sé si calificarla de vecina o de ángel de la guarda. Gracias, de corazón.

Y, ahora, mi estrella vuelve a brillar y desde hace una semana tengo a mi compa, mi compatriota, amiguita y linda Iris a mi vera. Y mi hija se despierta y corre como un relámpago a la casa de la nueva vecina, porque es para ella novedoso y divertido. Seguramente percibe olores que en nuestra casa no capta y hay cosas, objetos, que toquetea con curiosidad y, sobre todo, es que estar en casa de una vecina que te trata con cariño y te ofrece cosas de comer, beber y jugar es un goce de la infancia que algunos, como yo, queremos perpetuar toda la vida. Tener vecinos amigos o amigos vecinos, depende de que fue primero, es, la verdad, algo maravilloso; es simplemente muy guay tener otra casa a la par de la tuya en la que te sientes bien, a gusto, feliz y bienvenido.

 

 

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